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• Permanece en el recuerdo el molino de la Turbina, que tenía un generador de corriente que daba suministro eléctrico a la población. A cada vecino se le instalaba una única bombilla, generalmente en la cocina, pero con el agravante de que venía directamente conectada de la línea de la calle y no había corriente nada más que cuando encendían el alumbrado publico. Además, la energía eléctrica era muy irregular en su suministro, sufría caídas súbitas de intensidad o simplemente se iba y era muy común quedarse a oscuras, porque la luz se había ido y no era probable que volviera esa noche. Los enchufes no existían, se empezaron a usar mas tarde los portalámparas con enchufe, que eran utilizados para las primeras radios y la plancha eléctrica. Para iluminar las demás estancias de la casa se utilizaba el candil de aceite, colgado del borde de la campana de la chimenea, preparado para alumbrar en cuanto oscureciera, atizando o avivando su llama con el gancho o con una horquilla del moño. Y al final de la jornada, ¿cuántas veces no apagaríamos el moco de la torcía, mojando con saliva los dedos pulgar e índice, para evitar que humease? El candil lucia entre sones y ranraneos de cacharros por entre la bodega y cuartos de nuestros hogares. La copla dice:
Una vieja y un candil,
la perdición de una casa,
la vieja, por lo que gruñe
y el candil, por lo que mancha.
Es curioso recordar que cuando el candil era derramado por el dueño de la casa, la mujer, malhumorada, le decía: “Lo acabo de llenar.” En cambio, cuando ella lo vertía, antes de que él comentara nada, ella se excusaba diciendo: “No, si estaba vacío”.
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